Tras la conquista por Fernando III de Castilla y de León de las ciudades de Córdoba en 1236, de Jaén en 1246 y de Sevilla en 1248, el trabajo de la Reconquista estaba prácticamente hecho, así que había llegado el momento de que el rey y sus sucesores intentaran contrarrestar el gran poder adquirido por las órdenes religiosas-militares y por los magnates de la nobleza durante el transcurso de la guerra contra los musulmanes. Con este objetivo la monarquía comenzaría a ensalzar y a mimar con privilegios y donaciones a la caballería villana, formada por simples ciudadanos, pero con el poder adquisitivo suficiente para poder permitirse el mantenimiento de un caballo apto para la guerra y la adquisición de un equipo completo de armas y elementos de defensa: espada, lanza, adarga, cuchillo, escudo, capellina, loriga, yelmo, peto, brafuneras, jubón, bacinete…
En este contexto nace, alrededor del año 1338, bajo el reinado de Alfonso XI, la Cofradía de los Caballeros de Santiago de Burgos, en la que se integra la oligarquía de la Caput Castellae, cuyo fundamento era la riqueza, su motivación los ideales caballerescos y su aspiración llegar a formar parte algún día de la clase nobiliaria. Por aquella época, casi mediado el siglo XIV, un caballero, aparte de las armas para luchar, debía portar también armas heráldicas pintadas sobre su escudo, así que estos ricoshombres castellanos se lanzaron a la búsqueda de los emblemas más llamativos y evocadores, que lucirían orgullosos en los alardes y los juegos caballerescos del lanzamiento de bohordos, las justas y los torneos.
Visto el armorial, resulta que el 63,5% de los escudos representados allí son cuartelados, siguiendo la invención heráldica castellana motivada por el hecho de que Fernando III, el hijo de la reina Berenguela, llegara a ser el rey de Castilla y también el de León a partir del año 1230. Modelo de escudo que también utilizarían los hijos del rey Fernando combinando el castillo de oro sobre campo de gules de su abuelo con otros elementos, que es justo lo que imitan los caballeros burgaleses. Puede parecer extraño que unos simples ciudadanos, por muy pudientes que fueran, utilizaran emblemas reales, pero por aquel entonces, tras la creación en 1332 de la Divisa de la Banda, emblema personal del rey Alfonso XI, el tradicional cuartelado de castillos y leones pasó a representar las armas del reino más que del rey, así que estos caballeros con pretensiones decidieron, por qué no, emplear castillos y leones, combinados con otras figuras, en sus blasones personales.
De este modo el caballero Johan Pérez de Frías eligió la combinación de castillo de oro y chova piquirroja:
Cuando el prestigioso heraldista Menéndez Pidal de Navascués describió estos dos escudos se refirió al ave como “cuervo siniestrado, patas y pico de gules”, demostrando más conocimientos del arte de blasonar que de la identificación ornitológica, ya que, si hubiera citado una chova piquirroja, quizá alguien hubiera podido pensar en santo Tomás de Canterbury y a partir de él seguir la pista hasta Leonor Plantagenet, la esposa del rey Alfonso VIII, el del castillo de oro sobre campo de gules.