miércoles, 31 de enero de 2024

Los caballeros de la piquirroja

Tras la conquista por Fernando III de Castilla y de León de las ciudades de Córdoba en 1236, de Jaén en 1246 y de Sevilla en 1248, el trabajo de la Reconquista estaba prácticamente hecho, así que había llegado el momento de que el rey y sus sucesores intentaran contrarrestar el gran poder adquirido por las órdenes religiosas-militares y por los magnates de la nobleza durante el transcurso de la guerra contra los musulmanes. Con este objetivo la monarquía comenzaría a ensalzar y a mimar con privilegios y donaciones a la caballería villana, formada por simples ciudadanos, pero con el poder adquisitivo suficiente para poder permitirse el mantenimiento de un caballo apto para la guerra y la adquisición de un equipo completo de armas y elementos de defensa: espada, lanza, adarga, cuchillo, escudo, capellina, loriga, yelmo, peto, brafuneras, jubón, bacinete…

En este contexto nace, alrededor del año 1338, bajo el reinado de Alfonso XI, la Cofradía de los Caballeros de Santiago de Burgos, en la que se integra la oligarquía de la Caput Castellae, cuyo fundamento era la riqueza, su motivación los ideales caballerescos y su aspiración llegar a formar parte algún día de la clase nobiliaria. Por aquella época, casi mediado el siglo XIV, un caballero, aparte de las armas para luchar, debía portar también armas heráldicas pintadas sobre su escudo, así que estos ricoshombres castellanos se lanzaron a la búsqueda de los emblemas más llamativos y evocadores, que lucirían orgullosos en los alardes y los juegos caballerescos del lanzamiento de bohordos, las justas y los torneos.



Tenemos la enorme suerte de que en el archivo de la catedral de Burgos se conserva el Libro de los Caballeros de Santiago, el armorial ecuestre más antiguo de Europa, una de las grandes joyas de la genealogía y la heráldica mundiales, a través del cual podemos conocer perfectamente cuáles fueron las preferencias de estos caballeros burgaleses a la hora de diseñar sus blasones. Aunque lo cierto es que tenemos aún más suerte por poder contar con la amistad de Elías Gómez, mirobrigense infatigable buscador de historias de la Historia, que recrea con gusto y pasión, y que fue el que nos dio a conocer la existencia de esta joya heráldica al preguntarnos por qué uno de los caballeros representados en dicho armorial burgalés lucía dos chovas piquirrojas en su escudo. Sí, habéis leído bien, chovas piquirrojas, con su pico y sus patas inequívocamente encarnadas.


Visto el armorial, resulta que el 63,5% de los escudos representados allí son cuartelados, siguiendo la invención heráldica castellana motivada por el hecho de que Fernando III, el hijo de la reina Berenguela, llegara a ser el rey de Castilla y también el de León a partir del año 1230. Modelo de escudo que también utilizarían los hijos del rey Fernando combinando el castillo de oro sobre campo de gules de su abuelo con otros elementos, que es justo lo que imitan los caballeros burgaleses. Puede parecer extraño que unos simples ciudadanos, por muy pudientes que fueran, utilizaran emblemas reales, pero por aquel entonces, tras la creación en 1332 de la Divisa de la Banda, emblema personal del rey Alfonso XI, el tradicional cuartelado de castillos y leones pasó a representar las armas del reino más que del rey, así que estos caballeros con pretensiones decidieron, por qué no, emplear castillos y leones, combinados con otras figuras, en sus blasones personales.



Elías había visto algo muy importante, algo que no puede ser una casualidad, al contrario, puede que, de hecho, sea la prueba de que la combinación de los emblemas del castillo de Alfonso VIII y la chova piquirroja apareciera pintada también en lugares como Las Huelgas, el castillo de Burgos o el Hospital del Rey, habiendo desaparecido con el paso del tiempo y conservándose solamente en la techumbre de las Claras de Salamanca y probablemente también en la ermita de Santa Eulalia en Barrio de Santa María (Palencia), donde el ave es un pájaro de plumaje negro sin detalle de color en pico y patas.



De este modo el caballero Johan Pérez de Frías eligió la combinación de castillo de oro y chova piquirroja:



Por otro lado, el caballero Pero Peres optó por cuartelar leones y chovas piquirrojas:



Cuando el prestigioso heraldista Menéndez Pidal de Navascués describió estos dos escudos se refirió al ave como “cuervo siniestrado, patas y pico de gules”, demostrando más conocimientos del arte de blasonar que de la identificación ornitológica, ya que, si hubiera citado una chova piquirroja, quizá alguien hubiera podido pensar en santo Tomás de Canterbury y a partir de él seguir la pista hasta Leonor Plantagenet, la esposa del rey Alfonso VIII, el del castillo de oro sobre campo de gules.



Reconstrucción de los blasones de los caballeros burgaleses Johan Pérez de Frías y Pero Peres por el heraldista salmantino José Moreiro Píriz.

viernes, 26 de enero de 2024

Tomás Becket: "un deteriorado personaje"

A lo largo de los meses que hemos pasado husmeando por los rincones visitables del convento de Santa Clara —todo a raíz de toparnos con las cinco chovas piquirrojas integradas en la decoración de la techumbre de su iglesia— nos hemos lamentado a menudo de que no se hubiera conservado allí una imagen de santo Tomás de Canterbury. No nos cabía duda de que el culto a Tomás Becket estuvo muy presente en la concepción inicial del gineceo y, viendo las pinturas medievales dedicadas a distintos mártires que se conservan en el coro bajo, se nos antojaba que santo Tomás Cantuariense, también mártir, debería haber tenido un sitio entre ellos. Es decir, que gustábamos de pensar que el hecho de que no apareciese no significaba que no hubiera estado ya que, tras ochocientos años de historia, en el transcurso de los cuales se han producido incendios y reformas, cualquier imagen podía haber desaparecido o quedado oculta tras los retablos u otras pinturas de más moderna factura. También es cierto que, lejos de detenernos a estudiar la historia del convento, las circunstancias nos llevaron a, literalmente, empezar la casa por el tejado. Y es que cuando, hace casi un año, comenzamos con esta investigación, lo hicimos fijándonos exclusivamente en los emblemas que decoran la techumbre de esa iglesia que se ha convertido en un auténtico desván o, como decimos en Salamanca, un “sobrao” de la historia de nuestra ciudad, ese altillo con arcones en los que se guardan recuerdos de un pasado familiar ya olvidado. En cambio, ayer, observando con detenimiento las pinturas del coro y comentando con Carmen, una de las personas que atiende a los visitantes del convento, la desafortunada circunstancia de que no se conserve en una imagen de Becket en él, la siempre diligente trabajadora echó mano de un libro que hace unos años escribió Luis Garrido. Esta publicación y la tesis doctoral de Belén García de Figuerola, en la parte dedicada a esta techumbre, parecen ser los únicos trabajos dedicados a este espacio monumental salmantino.

Leyendo las páginas descriptivas de las pinturas medievales del coro bajo, de repente, para nuestra sorpresa, nos encontramos con lo siguiente: “el cuarto tramo paramental del muro ofrece ocho escenas (siete identificables), pintadas al fresco, como tantas otras de esta sala, a principios del siglo XIV. En ellas se contempla un claro estilo gótico lineal o franco-gótico, ofreciendo la característica planitud de las figuras (…)”. Después continúa con una enumeración indicando que, desde la izquierda, se identifican a san Pedro, santa Clara, santo Domingo de Guzmán y otros, hasta que nombra a “un deteriorado personaje que parece llevar mitra obispal en la cabeza, al tiempo que coge un pequeño cántaro, además de portar una espada a la altura de la cintura”. Nos dio un vuelco el corazón: ¿un santo no identificado en el convento, que es obispo y además tiene como atributo una espada? Levantamos la vista del libro y, aun demacrado como está por el paso del tiempo, no nos cupo duda, allí estaba Becket y habíamos pasado decenas de veces frente a él sin percatarnos de su presencia. 


Posible imagen del Cantuariense en las pinturas del convento de las Claras de Salamanca, portando los atributos de la espada del martirio y la jarra que contiene el agua milagrosa de santo Tomás.


Representación del Cantuariense portando una espada en la mano. 


Imagen del Cantuariense que se conserva en la iglesia salmantina que se encuentra bajo su advocación. 

Como afirmaba Luis Garrido, se trata de un obispo que, además, tiene aureola de santo, primer argumento a favor de la identificación. Además, se trata de un obispo que viste una casulla de color rojo intenso, a cuyos efectos hay que recordar que es ésta la iconografía habitual de santo Tomás ya que, como indica la profesora Poza Yagüe en su artículo dedicado al arzobispo de Canterbury (1): “si la representación es polícroma, lo normal es que la casulla sea de color rojo, rememorando un suceso milagroso según el cual ésta le fue otorgada por la Virgen para revelar su condición de mártir”. Por si esto fuera poco, con la mano derecha sujeta el arma con la que se perpetró su martirio, una espada, que, si bien se suele representar hendida en su cabeza, tampoco faltan los ejemplos en los que la porta de este modo. Por último, se nos presenta aquí una novedad iconográfica no recogida por Poza Yagüe, pero que a nosotros nos parece muy reveladora e importante: en la mano izquierda sostiene una jarra del mismo color rojo intenso que su casulla, el color de la sangre. Para rematar el asunto, por encima de la figura se ve un ave de color negro integrada en el marco que decora las pinturas.



El emblema de Becket, un ave de color negro sobre un campo blanco, sobre la figura que sostiene el cántaro y la espada. 

Para entender el porqué de la presencia de dicho atributo, continente de la sangre del mártir, debemos hacer un repaso al respecto de cómo se desarrolló el culto a Becket en el tiempo inmediato a su asesinato. Los que nos venís acompañando desde el principio sabéis de sobra que la chova piquirroja se convirtió en emblema de Becket gracias a una leyenda, según la cual unos cuervos entraron en la catedral de Canterbury cuando el cuerpo del arzobispo todavía yacía caliente sobre el suelo del templo; las aves, posadas alrededor del cadáver, se mancharon sus picos y sus patas con la sangre derramada, convirtiéndose así de manera milagrosa en chovas piquirrojas. Hoy queremos contaros, además, que esa sangre no fue durante siglos un humor cualquiera. Poco después de la muerte de Becket comenzaron a correr historias según las cuales su sangre había sido recogida y conservada cuidadosamente por unos monjes instantes después del martirio, historias que pensamos que dieron lugar a la leyenda de las chovas, que se convirtieron en el trasunto legendario de esos monjes. La sangre del arzobispo llegó a ser una poderosa reliquia y un elemento clave de las peregrinaciones ya que, diluida en agua, se llegó a conocer como “agua de Becket” o “agua de santo Tomás”, un suvenir curativo que se repartía en ampollas y que todos los peregrinos llevaban a sus lugares de origen. Se conservan muchas de estas ampollas, que son verdaderas obras de arte en las que se representan imágenes de la vida y martirio del santo. Así lo recuerda la profesora Marta Poza: “Vinculado con este proceso, a partir de 1220, año de la traslación de los restos a su lugar de reposo definitivo en la Trinity Chapel cantuariense, los peregrinos solían llevar como recuerdo del jubileo ganado unas pequeñas ampollas, bien de metal, bien de vidrio, que contenían unas gotas de la sangre del mártir (denominadas agua de Santo Tomás) y que llevaban sus caras decoradas bien con su efigie como obispo, bien simulando la escena de su martirio” (2)


Detalle del jarro que sujeta la supuesta figura de santo Tomás Cantuariense pintada en el coro bajo de la iglesia. ¿Sería descabellado pensar que el fenómeno de la etimología popular estableciera en estas tierras una relación entre las palabras "Cantuariense" y "cántaro"? ¿Era Tomás Cantuariense el santo del cántaro?

Esa agua pronto alcanzó un carácter taumatúrgico, es decir, milagroso, “fundamentalmente frente a enfermedades dérmicas, especialmente la lepra, sin duda la más conocida y temida, pero también frente a parálisis y otras enfermedades más genéricas (…). Obtener la curación era uno de los objetivos de los muchos peregrinos que comenzaron a acercarse a Canterbury. (3)


Frasco que los peregrinos rellenaban con agua mezclada con la sangre de santo Tomás Cantuariense. 

La mejor representación de todas esas curaciones debidas a la sangre de Becket se encuentra en las conocidas como “ventanas milagrosas” de la catedral de Canterbury, de las que nos habló en su reciente visita a Salamanca el deán emérito de dicho templo, Robert Willis, y que nosotros mismos pudimos admirar hace tan solo unos meses. Se trata de una serie de doce vidrieras de diez metros de altura que se elaboraron a principios del siglo XII y que, junto a escenas de la vida y muerte de santo Tomás, también representan muchos de los milagros que se le atribuyen. Dichos vitrales se sitúan alrededor del antiguo santuario de Becket, en la capilla de la Trinidad de la catedral de Canterbury y representan curaciones concretas gracias al poder del agua de Becket.



A la monja Petronela Polesworth le lavaron los pies con el agua de Becket y se curó de la epilepsia que sufría. Junto a ella los monjes de Canterbury elaboran la mezcla de agua con la sangre de Becket. 

En conclusión, nos parece que ese “deteriorado personaje”, ese obispo santo de casulla roja con espada que, con su rostro desfigurado por el paso del tiempo nos observa sin ojos, pudiera ser santo Tomás Becket, y que esa jarra roja que sostiene representa su propia sangre milagrosa, la misma que transformó a los cuervos en chovas piquirrojas, las aves que llevan siglos posadas en la techumbre, y la que convirtió a Canterbury en uno de los principales centros de peregrinación de la Edad Media. Nosotros estamos muy contentos por este posible feliz hallazgo, casi tanto como si hubiéramos tomado un poquito de aquella poción milagrosa.

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[1] Poza Yagüe, M. (2013). Santo Tomás Becket. Revista Digital de Iconografía Medieval. Vol. V, nº 9. Págs. 53-62. Pág. 54.

[2] Poza Yagüe, M. (2013). Pág. 55.

[3] Cavero Domínguez, G. y otros (2013). Tomás Becket y la península Ibérica: (1170-1230). León. Universidad de León. Área de Publicaciones. Instituto de estudios Medievales de la Universidad de León. Pág. 32.

sábado, 20 de enero de 2024

El castillo y la chova: una cum uxore mea

En el arrocabe de la techumbre de la iglesia del convento de Santa Clara de Salamanca lucen en todo su esplendor las pinturas del castillo de oro en campo de gules, emblema del rey Alfonso VIII de Castilla, y de la chova piquirroja, ave asociada de manera legendaria con el arzobispo Thomas Becket, canonizado como Tomás de Canterbury y santo familiar de la dinastía de la reina Leonor Plantagenet. Ambos emblemas aparecen entrelazados con un cordón de oro, recordándonos esa fórmula empleada por Alfonso VIII en algunos sus documentos, una cum uxore mea (junto con mi esposa), y un matrimonio de cuarenta y cuatro años sin amantes ni hijos ilegítimos de por medio.


Estas dos figuras, y más presentadas de forma entrelazada, se emplearon en un período de tiempo muy concreto, el que va de 1175 -año en el que aproximadamente se comenzó a emplear el emblema del castillo y cinco años después de la unión de Alfonso y Leonor- y 1246, fecha de la muerte de su hija Berenguela que, probablemente, fue la que mantuvo en el tiempo el recuerdo del emblema espiritual de su familia materna tras la muerte de su madre en 1214. Además, cuando los reinos de Castilla y de León tuvieron un único monarca a partir del año 1230, Fernando III, el hijo de Berenguela y el nieto de la pareja del castillo y el ave, lo que comenzó a emplearse como armas plenas del monarca de dichos reinos fue el escudo cuartelado de castillos y leones, abandonándose progresivamente el empleo del castillo en solitario.

Antes de que Alfonso VIII comenzara a usar el emblema del castillo de oro en campo de gules, el signum regis era una rueda con una cruz inscrita, con o sin astil, que tuvo distintos diseños según la época de su reinado. Una novedad que se produjo en Castilla fue la extensión del empleo de la rueda a otros miembros de la familia real, y así tenemos la de la reina Leonor Plantagenet, con una mano abierta y la leyenda “Signum Alienoris Regine Toleti Castelle et Extremature”, o la de su hija primogénita, Berenguela, que va a utilizar un signo rodado semejante al de su padre, pero con la leyenda “Domine doceme facere voluntatem tuam” (Señor, enséñame a hacer tu voluntad).

Signos rodados del rey Alfonso de Castilla durante el período central de su reinado, que se extendió de 1157 a 1214.


Signos rodados de la reina Leonor Plantagenet y de su hija la reina Berenguela.

Como ya hemos dicho, hacia 1175, tal vez un poco antes, comienza a aparecer el castillo como emblema parlante del reino en diferentes soportes. En primer lugar aparece en los sellos pendientes de plomo y, poco después, a partir del año 1180, se comienzan a acuñar unas monedas de vellón que muestran por primera vez la nueva señal del reino e incluso se hace una serie con la cabeza del rey sobre el castillo.

Anverso y reverso de las primeras monedas de Alfonso VIII con castillo.

La tipología del castillo que se pinta en la techumbre de las Claras de Salamanca es la más antigua, la que, según José María de Francisco Olmos (1), aparece en algunos sellos de los años 70, presentando el castillo de tres torres con sólo dos almenas o merlones en cada una de ellas, y en la que los lienzos de muralla entre las torres no son horizontales, sino que ascienden hacia la torre central.


No obstante, las primeras representaciones del castillo conservadas en color son las que aparecen bordadas por la mano de Leonor Plantagenet en las dos estolas que la reina castellana donó a la colegiata de San Isidoro de León en los años 1197 y 1198, coincidiendo, precisamente, con el enlace entre su hija Berenguela y Alfonso IX de León y la consecuente paz entre los reinos. En ella aparecen los castillos de oro, sin campo, y clareados, alternativamente, de azur y gules.


La nueva señal del castillo no fue privativa del rey ya que se hizo muy popular entre sus súbditos, deseosos de tener un emblema territorial que identificara a su reino del mismo modo que el león púrpura en campo de plata identificaba al de los leoneses. De este modo la señal castellana la encontraremos en lugares diversos, entre ellos la techumbre de las Claras, pero también en algunos otros que enumeramos a continuación.

- El Beato de Manchester, realizado a finales del siglo XII copiando el Beato de San Pedro de Cardeña, en el que hay una ilustración el que aparece un soldado portando un escudo redondo decorado con la nueva enseña de Castilla. 



- Las pinturas murales del monasterio de San Pedro de Arlanza, que los expertos fechan hacia 1210.



- Unas vidrieras de la catedral de Chartres que muestran un caballero coronado que luce el castillo en su escudo y en el gonfalón que sostiene con su mano derecha. No es nada extraño que la efigie de Alfonso VIII se representara por esas tierras ya que este templo se construyó entre 1194 y 1220, siendo Blanca de Castilla, una hija suya, reina consorte de Francia. 


- Un vitral y labrado en piedra en la Sainte-Chapelle de París, construída durante el reina de Luis de Francia, nieto de Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet.



- El Tumbo Menor de Castilla, concretamente la miniatura que acompaña al documento por el que Alfonso VIII y Leonor Plantagenet entregan la villa de Uclés a la Orden de Santiago. Si bien esta entrega se produce en 1174, hay que advertir que el Tumbo Menor es un recopilatorio de documentos elaborado ya en la segunda mitad del siglo XIII.


- Las pinturas de la ermita de Santa Eulalia en Barrio de Santa María (Palencia), construída a caballo entre los siglos XII y XII, donde se pueden ver representados de forma alterna unos castillos de tres torres y unas aves de plumaje negro que, desde luego, parecen otro una cum uxore mea.


Para concluir, volviendo a los emblemas del castillo y de la chova piquirroja que aparecen pintados en la techumbre de la iglesia de las Claras de Salamanca, hemos de hacer notar lo siguiente: 

- La forma de representación, en un marco sin forma de escudo, no es baladí ya que con ello se trata de dar una dimensión familiar a los emblemas, tal y como afirmaba el heraldista Menéndez Pidal de Navascués. Estaríamos por tanto ante una representación de la familia castellana-Plantagenet formada por los reyes Alfonso VIII y Leonor.

- En cuanto a la forma concreta del marco de los emblemas, polilobulado, éste fue de gran gusto castellano y estuvo tan asentado en sus sellos que los expertos consideran que es la mayor innovación heráldica que la nieta de Berenguela de Castilla, Leonor, hija de Fernando III y Juana de Ponthieu, exportaría a Inglaterra tras su enlace con Eduardo I. Su influencia se extendería hasta finales del siglo XIV, principalmente a través del uso de sellos polilobulados por sus descendientes femeninas


- Cuestión adicional supone el hecho de que la representación por medio de una sucesión en línea, dos a dos, de emblemas no deja de ser la representación de un cuartelado extendido, fórmula que tan de moda se puso a partir de 1230. Esa idea es especialmente relevante en este caso, pues la composición en forma de cuartelado de estos emblemas nos daría como resultado un escudo que, anacronismos aparte, podría haber servido para representar a cualquiera de los descendientes de la casa Castilla-Plantagenet. En este sentido es imposible no traer a la mente el bonito catálogo de cuartelados que, con diversas combinaciones emblemáticas familiares, sirvió para dotar de escudo a los descendientes de Fernando III.


Cuartelado imaginario representando a los linajes de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Ilustración del heraldista José Moreiro Píriz.


Armas de Alfonso X, rey de Castilla y de León, hijo de Fernando III y Beatriz de Suabia y bisnieto de Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, al igual que sus hermanos y medio hermanos, cuyas armas se muestran a continuación. 


Armas del infante Fadrique de Castilla, hijo de Fernando III y Beatriz de Suabia. 


Armas del infante Felipe de Castilla, hijo de Fernando III y de Beatriz de Suabia.


Armas del infante Manuel de Castilla, hijo de Fernando III y Beatriz de Suabia.


Armas del infante Enrique de Castilla, hijo de Fernando III y Beatriz de Suabia.


Armas del infante Luis de Castilla, hijo de Fernando III y de Juana de Ponthieu.


Armas del infante Fernando de Castilla, hijo de Fernando III y de Juana de Ponthieu. 

(1) José María Francisco de Olmos: "La emblemática castellana de Alfonso VIII: signos reales, monedas y sellos".

domingo, 14 de enero de 2024

Randulfo y Ricardo

Es creencia bien asentada en Salamanca que la construcción de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense de esta ciudad se inició en el año 1175, apenas dos años después de la canonización del referido mártir, y por iniciativa de dos hermanos ingleses, Randulfo y Ricardo. Sería pues, éste de Salamanca, el primer templo de toda la cristiandad levantado en memoria de Thomas Becket, el arzobispo asesinado al anochecer del 29 de diciembre de 1170 en la catedral de Canterbury. Lo cierto es que siempre nos ha parecido muy extraño e improbable que, precisamente, se construyera aquí la primera iglesia bajo la advocación del santo cantuariense y que, además, se hiciera en una fecha tan temprana, sobre todo teniendo en cuenta la tendencia que tiene toda población a considerarse a sí misma como la primera en cualquier cosa. De este modo, totalmente convencidos de que alguna relación tenía que existir entre las chovas piquirrojas de la techumbre del convento de Santa Clara y dicha iglesia, estando tanto las aves como el templo relacionados con Becket, nos pusimos manos a la obra para arrojar un poco de luz sobre estos dos hermanos a los que Julián Sánchez Ruano les atribuye la construcción de la iglesia en la edición de 1870 de su Fuero de Salamanca, atribución que fue recogida más tarde por el historiador local Manuel Villar y Macías (1828-1891) en su Historia de Salamanca (1).


Esto es lo que se conserva en la iglesia de Santo Tomás Cantuariense de Salamanca de un conjunto iconográfico a través del cual, probablemente, se narraba la vida de Thomas Becket. Sobre la casulla del arzobispo se ven lo que parecen unas aves de color negro en vuelo.


Ábside de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense. ¿No parece demasiada casualidad que este templo esté situado a tiro de piedra de la iglesia de las Claras, donde aparecen pintadas las chovas piquirrojas de Canterbury? ¿Estuvo la misma persona detrás de la construcción de ambos templos en dos momentos de su vida distantes en el tiempo?


Agradecemos a la artista Paqui González del Castillo que nos haya permitido exhibir aquí su magnífica acuarela de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense en Salamanca.

En documentos del archivo catedralicio se nombra a Randulfo en dieciséis ocasiones, mientras que a su hermano Ricardo se le nombra solamente en cuatro, todo ello entre los años 1161 y 1191, deduciéndose a través de una de estas menciones que Ricardo murió en 1180, o incluso antes, ya que su hermano, en un documento datado en ese año, pide que se celebren unas misas por su alma. Creemos que por lo menos desde Sánchez Ruano se confunde a Ricardo, el hermano de Randulfo, con un tal Willelmus Ricard, archidiácono de la catedral, ya que en documentos posteriores a ése a través del cual se deduce que el primero había muerto, se sigue nombrando al segundo como vivo. La razón por la que los hermanos aparecen en dichos archivos es porque ambos eran maestres en las escuelas catedralicias, siendo además Randulfo capellán perpetuo de la catedral. Los documentos no nos cuentan nada especialmente interesante al respecto de ellos, simplemente se habla de que compran, venden y donan propiedades y de que actúan como testigos en otros asuntos de esa misma índole. El único vínculo que aparece entre los hermanos de nacionalidad desconocida -que bien podrían ser anglonormandos, aquitanos, bretones, borgoñones o gascones- y Thomas Becket aparece en el mencionado documento de 1180, por medio del cual Randulfo dona una casa con huerto a la catedral a cambio de que se celebren unas misas por las almas de sus padres y la de su hermano Ricardo; además, se solicita que se celebren las festividades de “beati Eutropi martyris, et beate Marthe, hospite Christi, et beati Thome Canturiensis”. Resulta curioso que en fecha tan tardía se refieran a Tomás Becket como beato, cuando se le canonizó en el año 1173. Por otro lado, tanto Becket como Eutropia fueron mártires, siéndolo también Marta, si acaso se refería Randulfo a santa Marta mártir, entre las varias Martas canonizadas.


Capitel de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense de Salamanca en el que aparece un jinete normando portando el típico casco Spangenhelm con nasal, la loriga de malla, el escudo de lágrima y, si observamos con detalle, podemos ver también que se representa incluso la silla de montar normanda propia del siglo XII.


Capitel de la Catedral Vieja de Salamanca muy parecido al de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, con dos caballeros en combate singular, aunque en éste parece estar interviniendo un soldado de infantería en favor del caballero que porta el escudo redondo. Fotografía de Jesús Guillén. 


Caballero normando con el mismo aspecto que el representado en el capitel de la iglesia de Santo Tomás.

Silla de montar normanda del siglo XII.


Gran Sello Real de 1189 en el que se representa a Ricardo I de Inglaterra, hermano de Leonor Plantagenet y tío de Berenguela de León y de Castilla, con la panoplia propia de un caballero normando.


Catedral de Cuenca, cuya construcción comenzó en el año 1196, en pleno reinado de Alfonso VIII de Castilla y Leonor Plantagenet, los padres de la reina Berenguela. La influencia normanda en la corte del rey Alfonso VIII determinó la construcción de este templo, que fue la primera catedral gótica de Castilla junto con la de Ávila.

No conocemos ningún otro documento o referencia documental que relacione a los dos hermanos con el santo cantuariense y, desde luego, nada que los relacione con la construcción de la iglesia salmantina, así que nos atrevemos a conjeturar que Sánchez Ruano, en su noble intento de reconstruir la historia de nuestra ciudad, al ver ese documento de 1180 en el que uno de los hermanos pedía que se celebrara la festividad de santo Tomás Cantuariense, dedujo que la iniciativa de erigir una iglesia bajo su advocación fue de ellos, actuando luego Villar y Macías como correa de transmisión de dicha creencia, que es la que se cuenta hoy en día al turista que visita nuestra ciudad. 





Ménsulas decoradas con cabezas humanas en la iglesia de Santo Tomás Cantuariense en Salamanca. 

Por otro lado, sabemos que Berenguela es reina consorte de León entre los años 1198 y 1204 y que en un documento del archivo catedralicio, fechado en 1199, ya se le da el título de tenente de Salamanca. Además, la monarca era hija de Leonor Plantagenet, la reina de Castilla entre 1170 y 1214 e introductora del culto a santo Tomás de Canterbury en los reinos cristianos ibéricos, a lo que podemos añadir que, según nuestra interpretación de la decoración de la techumbre de la iglesia de las Claras de Salamanca, fue la misma Berenguela la que ordenó pintar unas chovas piquirrojas alusivas al santo y a su linaje materno, siendo reina madre de Castilla y de León a partir del año 1230. Así las cosas, nos parece mucho más probable que la verdadera promotora de la iglesia de santo Tomás Cantuariense en Salamanca fuera la reina Berenguela la Grande, sobre todo teniendo en cuenta, además, que especialistas en Historia del Arte afirman que la arquitectura del edificio y uno de los capiteles parecen retrasar su edificación a finales del siglo XII o comienzos del XIII, lo que coincide con los años de tenencia de la monarca leonesa de esta ciudad. Debemos decir también que, en un momento dado, llegamos a pensar que Ricardo y Randulfo quizá fueran miembros del séquito de Leonor Plantagenet, venidos al reino de León para exportar el culto al Cantuariense, pero su presencia en Salamanca desde 1161 descarta esa opción, ya que Leonor no llegó a Castilla hasta 1170. 


La cubrición del crucero de la iglesia corresponde a lo que se conoce como bóveda aquitana, es decir una bóveda cupuliforme con nervios (en este caso ocho) cuya plementería se dispone en hiladas circulares concéntricas. Recuerda mucho al abovedamiento de las naves laterales de la Colegiata de Toro.

Randulfo murió unos años antes de que la reina Berenguela llegara a Salamanca, concretamente el 10 de marzo de 1194, tal y como reza su epitafio, colocado en la puerta que comunica la Catedral Vieja de Salamanca con su claustro.


Traducción del epitafio de Randufo realizada por el profesor José María Cuadrado en el año 1852: "Sol radiante en un cúmulo de virtudes, flor sin mancha; sólo los pobres padecieron su eclipse en su muerte. Formó bien su mente, fue buen docente, no se quedó en palabras, actuó; fue bueno, mejor aún, fue óptimo y murió también para los pobres viviendo ahora para sí en el cielo."

Quizá Ricardo y Randulfo no fueran los promotores de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, pero, desde luego, el epitafio del capellán tiene igualmente el poder de evocarnos esa Salamanca medieval, repoblada con gentes procedentes de diversos lugares, y nos recuerda que, paseando por esta ciudad, no podemos permitir que sus maravillas góticas, renacentistas, barrocas y neoclásicas nos impidan ver tesoros más antiguos que también se ubican en ella.

(1) Sánchez Ruano, J. (1870). Fuero de Salamanca. Salamanca. Imprenta de D. Sebastián Cerezo. Pág. 129.

La carpintería que me atrapó entre sus lazos

Capítulo que pertenece al libro La carpintería que me atrapó entre sus lazos y que está dedicado a la techumbre de la iglesia del Real Conv...